¿Qué estímulos recibes tú cuándo viajas? ¿Qué es lo que has experimentado fuera de casa que te alimenta cuando pasa el tiempo y estás en otro lugar, en tu vida cotidiana? De todo, ¿verdad? Y muchos de ellos provienen de lugares especiales, mágicos, que todos los viajeros sabemos que existen y cuya ubicación pasa de mano en mano. Hay muchos lugares especiales, que son pura ?sustancia? viajera, alimento para el invierno: hoy quiero hablaros de uno tan cercano como impactante: la plaza de Jemaa El Fna, el corazón de Marrakech, la Ciudad Roja. La conocéis, habéis oído hablar de ella? merece vivir sólo por incrustarse en el gentío que la prueba, en sus olores, en sus sonidos: la plaza de Jemma El Fna es un ser vivo.
El estruendo tira de nosotros hacia ella. La plaza es una explanada a la que no se asoman edificios históricos, o siquiera bellos: si acaso, una mezquita y cafés con terrazas y miradores de los que cuelgan grandes alfombras para su venta. Pero no es su monumentalidad, o su perfil, lo que hacen de esta plaza una de las más ?merecidamente- conocidas del mundo: lo es la gente, la riada de gente que la llena a todas horas. Miles de personas que vagan por la plaza de día y de noche. De día, con un sol que en según qué épocas de año puede ser despiadado o una bendición, los dentistas se acuclillan ante lonas con montones de dientes y muelas, gruesas madres de familia pintan de jena todas las manos, los aguadores agitan sus cabezas para hacer sonar sus sombreros, alguien arroja un mono a la espalda del viajero y se hace el sordo cuando le habla, señalando al viejo que, un par de metros a la izquierda, toca una trompetilla, contoneándose y haciendo contornear con ello a una cobra, sorda como todas las cobras y que sólo tiene ojos para la trompetilla que se mueve. Hay, también, señores de porte orgulloso que, bajo sombrillas de publicidad, esperan con recado de escribir a que alguien le pida que le escriba: una carta, una reclamación, lo que sea. Y curanderos, y mercachifles, y carromatos en los que se apilan ordenadamente, como en el mejor supermercado de la América profunda, cestas repletas de frutos secos, arrobas de naranjas y docenas de escolares dando saltitos con billetes arrugados en las manos. Todo eso, por el día: el barullo lo tapa todo, de tal manera que el viajero no siente el golpe del sol en la nuca, absorto como está, robando alguna foto furtiva, de las que no hay que pagar. Por la noche, la plaza se maquilla: porque es caer la luz del día y en algún lado parece que alguien chasqueara los dedos para que, de repente, docenas de hombres vestidos con chaquetas blancas cruzan la explanada a la carrera transportando bancos, mesas, cubetas, parrillas?: son los restaurantes, los puestos de comida en los que comparten mesa y mantel lugareños de la ciudad con mochileros y parejas glamurosas alojadas en algunos de los riads de lujo que pueblan la ciudad. En un aparente desorden llegan a las mesas platos de salchichas, pastilles (pasteles de hojaldre con canela rellenos de pichón y pasas: sí, es una receta tan exquisita como parece), cacerolas cónicas de barro repletas de tajiné y couscus? Las luces de los comederos perlan la vista de la plaza de la que disfrutamos desde los miradores de las azoteas de cualquier café de la plaza, donde aposentamos la cena con un té a la menta y un plato de pastas.
Las humaredas ?de las parrillas, de los fuegos, del acetileno de las lámparas- le dan a la plaza un aire irreal y envuelven al viajero, que no necesita saber árabe para meterse en los círculos que se forman alrededor de los cuentacuentos -que miran a los ojos del viajero buscando conmoverle-, de los curanderos que blande ante sus ojos un Corán y un manojo de hierbas: el viajero se queda boquiabierto y se sabe en la seguridad de que está formando parte de uno de los más grandes espectáculos que puede encontrar en el mundo: boquiabierto como toda la audiencia, como las docenas de hombres ?casi nunca mujeres- que cierran el círculo siguiendo las entonaciones de las voces de los personajes que caben en el viejo enjuto, las promesas de salud recuperada con la que martillea nuestra credulidad el tipo obeso, embutido en una chaqueta de pana manchada de óxido.
Es en el momento en que salimos del embrujo de la cadencia de sus recitados, cuando, en un esfuerzo como el de Ulises, apartamos la atención de esas voces que son, gracias, puertas a otro mundo real como la vida. El viajero se convierte entonces en una esponja por la que se filtran todos los sonidos de la plaza de Jemma El Fna, que es decir los sonidos del mundo. Los reclamos de los vendedores y los cocineros y los chirridos de los monos y el tintineo de los trajes típicos de los aguadores y los timbales y las flautas de los encantadores y los motores de un cilindro de las motos y las canciones de amor de algún cantante egipcio y de repente, por entre todo, aparece la magia que buscamos en todos los viajes y que alguna vez encontramos.
¡Viaja a Marrakech desde aquí y comparte tus experiencias en Jemma el Fna con nosotros!


Clemente Corona







Por algo es Patrimonio Oral de la Humanidad. Una de esas cosas que no puedes perderte en esta vida.
Comentario de Ramón — 19/11/2009 @ 13:46