Johannesburgo, en Sudáfrica con la Roja
En Johannesburgo, el Wall Street de Sudáfrica, el color rojo cotiza estos días al alza. La campeona de Europa resucitó justo a tiempo para caldear el frío polar que congela el invierno austral.
Por Javier OlivaresPocos de los siete millones de habitantes que albergan Johannesburgo y su cinturón de satélites podrán olvidar el 21 de junio de 2010. Ese día, esa noche, por el legendario estadio de Ellis Park pasó la Campeona de Europa. El equipo que esperaban su infinidad de fans en este país (“Xavi, i’m single” o “Vamos, furia”, rezaban las pancartas locales), y los muchos españoles que se han desplazado hasta aquí. Si hace 15 años el Ellis Park asistió a la victoria de la Sudáfrica moderna sobre su historia y sobre la temible Nueva Zelanda de rugby —la película ‘Invictus’ es testigo—, esa noche de junio sus cimientos sacudieron la Historia como el estadio que a duras penas resistió al torbellino de Villa y su cuadrilla.
Durante todo el día, el color rojo había fundido los lugares más inmortalizados de la ciudad: la plaza Nelson Mandela y su centro comercial, bullicioso en cualquier momento del año. Ni el frío que ha saludado la llegada del invierno a la ciudad (comentan por aquí que el desplome del termómetro se vio rara vez el siglo pasado) ha impedido ver en las vísperas a ciudadanos de Asturias (“Villa, Maravilla”, atronaba en el estadio), de Cuenca, de Córdoba, de Almería, con las camisetas de Iniesta, de Ramos o de Torres en pleno ‘botellón’ (“Tío, qué barata es la cerveza”, exclamaban unos jóvenes de Salamanca). La escena pudo repetirse en otros ‘malls’, como Fourways, Eastgate, Sandton City, Rosebank o Randburg Waterfront. Ya se sabe: en los centros comerciales se ‘veranea’ con el aire acondicionado y se ‘hiberna’ con la calefacción. Este año, entre el frío y el Mundial, los malls han hecho el agosto.
Johannesburgo, la capital de la provincia de Gauteng es una joya. Oro y diamantes son tan inherentes a la ciudad como su relieve: en los alrededores de la capital financiera del país hay cientos de cráteres que escenifican la reminiscencia de la explotación del metal precioso. Todo está bañado en oro. Hasta el ocio: el Crown Miné Shaft es un parque temático que cuenta el proceso de extracción y la historia de la carrera por el precioso metal; en el Gold Reef City se reconstruye la fiebre del oro y el ímpetu de los pioneros. Por supuesto, esta miniciudad está construida sobre una mina. Todo es de récord precioso: en la mina de Cullinan se encontró uno de los diamantes más grandes de la historia.
Johannesburgo no relumbra tanto como sus riquezas, pero la historia es el fulgor de su patrimonio. Apenas a 25 kilómetros de la ciudad podrás conocer la cuna de la humanidad (o una de ellas): el lugar en el que apareció el fósil Sterkfontein, cerca del poblado de Krugersdorp, acumuló el mayor número de homínidos del mundo. Con permiso de Atapuerca, claro.
En cada punto del extrarradio de Johannesburgo, más a mano, hay un retazo de la historia. El más decisivo, seguramente es Soweto, el suburbio que vio nacer el mito Mandela. Hoy es visitable (con respeto, ¿eh?), y permite comprender en toda su dimensión lo que fue el Apartheid, que también tiene su museo, si es que se puede etiquetar así el escaparate de la vergüenza. Andan por aquí dos holandeses con su camiseta naranja y su cámara de fotos. Y los holandeses no son precisamente ídolos en Soweto: en holandés, ‘boer’ significa colono.
El escaparate de la parte más africana del país es el Parque Nacional Kruger, la reserva con más especies animales del continente, y las vecinas montañas Waterberg, 150 kilómetros que dejarán seca tu cámara de fotos. ¿Nos tomamos una t-bone en el restaurante Butchers (qué carne tan tierna), de Nelson Mandela Square, pedimos un buen vino de merlot mientras planificamos la excursión? Sólo está a 45 minutos de avión o cuatro horas de coche… Con suerte, igual coincidimos en el restaurante con Zidane o con Beckenbauer. Hace poco alguien vio en una mesa a Shakira. Porque en Sudáfrica para ahora todo el mundo. Literal.
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