Argentina, tango, aguas y alegrías
Imposible reducir un país como éste a un solo destino. Argentina presenta contrastes y extensiones que abruman. Mójate de verdad y empieza la aventura por Buenos Aires, sigue por Palermo y termina en Iguazú o la Patagonia Argentina.
por Rodolfo ChisleanschiA ritmo de tango. El bandoneón de Piazzolla pone el primer acorde. Buenos Aires, la capital del país, se despereza desde el río que no tiene orilla de enfrente. Las palomas sobrevuelan Plaza de Mayo, de la Casa Rosada al Cabildo. Con el Plata a las espaldas hay que girar a la izquierda y perderse por la historia de San Telmo, el corazón original de la ciudad. Se suceden anticuarios, viejas librerías, casonas de galerías abiertas a enormes patios. Más allá está la Boca, sus casas humildes, la Bombonera donde brilló el futbolista elevado a religión, Diego Armando Maradona, la mentira bien contada de Caminito. Suena el piano de Pugliese, hay que volver al centro a encontrarse con el Obelisco, icono máximo del porteñismo. Es el mediodía y Buenos Aires huele a pizza y pasta, legado de la migración italiana; y a carne a la parrilla, insuperable delicia criada en la pampa.
Llega el momento compras. Hacia el norte, Palermo despliega su abanico de tiendas fashion, puro diseño Soho. De regreso, el Abasto y Gardel. Este fue su barrio, aquí está su casa que hoy es museo, ¿acaso no oyes su voz que “cada día canta mejor”? De postre, otra vez el río. Puerto Madero espera con sus restaurantes top y sus pubs para estirar la noche. Como los Docklands de Londres, pero con fondo de tango, ¡chán, chán!
Iguazú, pura energía. Agua, agua y más agua. Prepárate para contemplar un espectáculo inolvidable pero también para mojarte. Visitar el torrente que no cesa de caer por los 275 saltos de las Cataratas del Iguazú es lo que tiene. La tierra es roja; el entorno, verde intenso; el agua mezcla blancos, marrones, ocres, dorados y todo el espectro del arco iris; el bosque penetra por el olfato y el estruendo, por los oídos. El resultado es un shock energético, un sacudón emocional que va creciendo a medida que se avanza por los senderos, se transforma en nudo al asomarse a la Garganta del Diablo y acaba en éxtasis bajo el incesante chaparrón del salto Bossetti. Ya está. Cuando regresemos a Puerto Iguazú estaremos empapados hasta la médula. De agua, sí, pero sobre todo de la fuerza incomparable que regala la naturaleza pura.
Damasiadas Patagonias. Visitar la Patagonia Argentina, de acuerdo, ¿pero cuál? ¿Los 3.400 kilómetros de costa? ¿El millón y medio de kilómetros cuadrados de meseta central? ¿La boscosa región de los lagos? ¿El hielo de los glaciares? ¿O acaso Tierra del Fuego? Hay muchas Patagonias por ver. Para los amigos de ballenas, pingüinos y lobos marinos no hay dudas: su lugar es Península de Valdés. Quienes disfruten de la combinación de coloridos lagos y tupidos bosques, y tengan tiempo de coger un coche y devorar paisajes, deben enfilar hacia Bariloche, y luego salir a encadenar lagos: Nahuel Huapí, Mascardi, Gutiérrez, Lácar…
En cambio, los que se acerquen con los días contados es mejor que acudan a una cita puntual con uno de las grandes maravillas naturales del planeta: el glaciar Perito Moreno, único visible en toda su extensión desde tierra firme. Y los que gustan de ir al límite deben pisar la bahía de Lapataia, en Tierra del Fuego, y después, mientras saborean un corderito patagónico, brindar por haber llegado al auténtico fin del mundo.
Nuestros viajeros
Leonardo Sbaraglia
El actor argentino nos cuenta sus rincones favoritos de Buenos Aires.
"Buenos Aires es enorme, y muy placentero para caminarlo, pero mejor por etapas.
Es precioso San Telmo, repleto de puestos en la calle, con venta de antigüedades, bailarines de tango y demás personajes.
Hacia el sur está el barrio de la La Boca, con su caminito, La Bombonera del club de fútbol Boca Juniors. Dirigiéndose hacia el Río, se llega a Puerto Madero. Es como un nuevo país formado en los últimos 10 años. El lugar es precioso, sobre todo el Puente de Calatrava.
En el barrio norte está el museo Malba de arte latinoamericano, visita obligada no sólo por su obra sino por el diseño del edificio, muy interesante. El Museo de Bellas Artes también guarda una de las colecciones más completas. Está en el Barrio Recoleta, el más pijo de la ciudad.
No dejaría escapar la pizza de Angelin, ni la de Banchero, ni la de Guerrin. Es una pizza densa, no al estilo romano, sino con mucho queso, bastante aceitosa, pero exquisita. Casi todas están en la calle Corrientes (Obelisco), donde se acumulan gran parte de los teatros.
Como postre me quedo con el helado de vainilla de Saverio. Lo supera todo. Es lo mejor que he probado en helado argentino en los últimos 10 años".
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