"Decidimos ir a Brasil para disfrutar del buceo. Una vez allí, nuestro plan se torció", recuerda Silvia. Así que, en lugar de perder tiempo en lamentarse, adaptaron su viaje rápidamente con tres nuevas coordenadas en el objetivo: playas, música y relax entre amigas. "El cambio de rumbo introdujo la variable de la improvisación, que hizo que cada día fuera una aventura", evoca Silvia.
En Río de Janeiro la cosa no podía pintar mejor. Con un tiempazo de verano total y la playa de Copacabana al pie de su hotel decidieron lanzarse a la arena retando a los cuerpazos que han dado fama al país ("aunque, a decir verdad, ni todos los chicos son tan cachas ni todas las chicas son Giselle Bundchen", bromea Silvia). La proximidad del hotel en Río les permitía bajar a la playa con el bikini y la toalla, sin más. "Así podíamos pasear y zambullirnos sin preocuparnos de nuestros bolsos", recuerda Silvia.
"Si te gusta la carne, lo mejor para comer en Brasil son las churrasquerías. Hay muchas por todo Río de Janeiro", explica Silvia. Son buffets de carne a la parrilla, que asan espetada en espadas. "Para picar algo en la playa puedes comprar un pincho de gambas a los vendedores ambulantes y zampártelo con una cerveza bien fría (¡son tamaño XXL, y las sirven con una especie de funda que las mantiene frescas!)". Así termina Silvia su relato Gastronómico en Río.
El atardecer es un must. "Acomódate, caipirinha en mano, en el mirador de la cima del Pão de Açúcar, el peñón de 396 metros que corona la bahía. Hay que subir en teleférico", dice Silvia. La tarde comienza a caer sobre las seis: las luces van perfilando la línea ondulada de la costa. Una luz al fondo brilla más que las demás: es el Cristo de Corcovado. "Aquel atardecer en Brasil ha sido una de las panorámicas más emocionantes de mi vida", redunda Silvia, que completa el plan carioca: "La noche se alarga luego al ritmo de samba en la playa de Ipanema, una zona cool llena de chiringuitos con música en directo. Volvería ya mismo a Río de Janeiro".
Al día siguiente, antes de adentrarse en Bahía, toca madrugar, y mucho. El plan es ir al cerro de Corcovado a ver el famoso Cristo Redentor. "Entre la cola para comprar la entrada y el tiempo de espera hasta que te toca subir, la visita puede alargarse cinco o seis horas. Eso sí: merece la pena contemplar de cerca esa escultura espectacular de 30 metros de alto por 30 de ancho. Es el icono de Río de Janeiro. Lo mejor es ir por las mañanas, porque por las tardes las nubes suelen ocultarla", aconseja Silvia.
En Salvador de Bahía, más playas y nuevos alicientes. "Déjate llevar en Bahía por el tempo sensual de la capoeira, un arte marcial con ritmo de danza", cuenta Silvia. "Coge un ferry en Salvador de Bahía hasta el Morro de São Paulo y sumérgete en el Brasil más hedonista: hay terrazas chill out, discotecas y un enclave junto al faro desde donde lanzarse en tirolina hasta el mar. O callejea por Pelouriho, un barrio colorista Patrimonio de la Humanidad donde Michael Jackson grabó el videoclip de "They Don’t Care About Us". Se integró tanto en Brasil, que bien podríamos hablar de Brasilvia.